el esplendor de una luna o una estrella de sexta magnitud, y anduviera por ahí como un Folletín, mirando a hurtadillas por cada ventana de choza, inspirando a lunáticos, corrompiendo carnes y haciendo visible la oscuridad, en vez de aumentar constantemente su calor cordial y su beneficencia hasta tener un brillo tal que ningún mortal pueda mirarle a la cara, y entonces, y mientras tanto también, recorriendo el mundo en su propia órbita, haciéndole el bien, o más bien, como una filosofía más verdadera ha descubierto, dando vueltas el mundo a su alrededor para recibir el bien.
Cuando Faetón, deseando probar su origen celestial mediante su benevolencia, tuvo el carro del sol por un solo día, y se salió del camino trillado, quemó varias manzanas de casas en las calles inferiores del cielo, chamuscó la superficie de la tierra, secó hasta la última fuente y creó el gran desierto del Sahara, hasta que al fin Júpiter lo precipitó de cabeza a la tierra con un rayo, y el sol, a causa del dolor por su muerte, no brilló durante un año.
No hay hedor tan malo como el que brota de la bondad corrompida. Es carroña, humana y divina. Si supiera con certeza que un hombre viene a mi casa con el propósito consciente de hacerme el bien, correría por salvar la vida, como si huyera de ese viento seco y abrasador de los desiertos africanos llamado simún, que te llena la boca, la nariz, las orejas y los ojos de polvo hasta sofocarte, por miedo a que me hiciera algo de su bien—a que parte de su virus se mezclara con mi sangre. No—en este caso preferiría sufrir el mal de manera natural. Un hombre no es un hombre bueno para mí porque me alimente si me estoy muriendo de hambre, o me abrigue si me estoy congelando,