última de una estirpe ilustre; y en Boston, Londres, París y Roma, al pensar en su prolongada descendencia, habla con satisfacción de sus progresos en el arte, la ciencia y la literatura. ¡Ahí están las Actas de las Sociedades Filosóficas y los Elogios públicos de los Grandes Hombres! Es el buen Adán contemplando su propia virtud. «Sí, hemos realizado grandes hazañas y cantado canciones divinas que jamás morirán»—es decir, mientras podamos recordarlas. Las sociedades cultas y los grandes hombres de Asiria—¿dónde están? ¡Qué jóvenes filósofos y experimentadores somos! No hay uno solo de mis lectores que haya vivido todavía una vida humana entera. Estos tal vez no sean más que los meses de primavera en la vida de la raza. Si hemos tenido la sarna de los siete años, aún no hemos visto la langosta de los diecisiete años en Concord. Apenas conocemos una fina película del globo en el que vivimos. La mayoría no ha cavado seis pies bajo la superficie, ni ha saltado otros tantos por encima de ella. No sabemos dónde estamos. Además, estamos profundamente dormidos casi la mitad de nuestro tiempo. Aun así, nos tenemos por sabios y mantenemos un orden establecido sobre la superficie. ¡A la verdad que somos pensadores profundos, espíritus ambiciosos! Mientras permanezco sobre el insecto que gatea entre las agujas de pino en el suelo del bosque, esforzándose por ocultarse de mi vista, y me pregunto por qué albergará esos humildes pensamientos y esconderá su cabeza de mí, que tal vez podría ser su bienhechor y transmitir a su raza alguna información alentadora, me viene a la memoria el mayor Bienhechor e Inteligencia que se halla sobre mí, el insecto humano.
Hay una afluencia incesante de novedades en el mundo y, sin embargo, toleramos una insulsez increíble. Basta con que sugiera qué clase de sermones se siguen escuchando en los países más ilustrados. Existen palabras como alegría y dolor, pero no son más que el estribillo de un salmo, cantado con un dejo nasal, mientras creemos en lo ordinario y mezquino. Pensamos que solo podemos cambiarnos de ropa.