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veces exclamaba: «¡Cómo me gusta hablar! ¡Por Dios, podría hablar todo el día!». Le pregunté una vez, cuando hacía muchos meses que no lo veía, si había adquirido una idea nueva ese verano. «Dios bendito —dijo—, un hombre que tiene que trabajar como yo, si no se olvida de las ideas que ya ha tenido, bastante hace. Puede que el hombre con el que azadas tengas ganas de competir; entonces, por las barbas, tu mente tiene que estar ahí; piensas en las malas hierbas». En tales ocasiones, a veces me preguntaba él primero si yo había hecho alguna mejora. Un día de invierno le pregunté si siempre estaba satisfecho consigo mismo, queriendo sugerirle un sustituto interior para el sacerdote exterior, y algún motivo más elevado para vivir. «¡Satisfecho! —dijo—; unos hombres están satisfechos con una cosa, y otros con otra. Un hombre, tal vez, si ha conseguido suficiente, estará satisfecho con pasarse el día sentado con la espalda contra el fuego y la barriga a la mesa, ¡por Dios!». Sin embargo, jamás, mediante ninguna maniobra, pude lograr que adoptara la visión espiritual de las cosas; lo más elevado que parecía concebir era una simple conveniencia, tal como cabría esperar que un animal apreciara; y esto, en la práctica, es cierto para la mayoría de los hombres. Si le sugería alguna mejora en su modo de vida, él se limitaba a responder, sin expresar ningún arrepentimiento, que era demasiado tarde. Sin embargo, creía firmemente en la honradez y virtudes semejantes.

Había en él cierta originalidad positiva, por leve que fuese, que se dejaba advertir, y yo observaba de vez en cuando que pensaba por sí mismo y expresaba su propia opinión, un fenómeno tan raro que cualquier día andaría diez millas para presenciarlo, y equivalía a la refundación de muchas de las instituciones de la sociedad.

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