si pudiera ensartar a un mexicano con mucho gusto —pues ¿por qué vamos a preocuparnos siempre por naderías?— y buscaba a mi alrededor alguna marmota o una mofeta sobre la cual poner a prueba mi caballería. Estas notas marciales parecían tan lejanas como Palestina, y me recordaban una marcha de cruzados en el horizonte, con un ligero toque de clarín y un movimiento tembloroso en las copas de los olmos que dominan el pueblo. Este era uno de los grandes días; aunque el cielo, desde mi claro, solo tenía el mismo aspecto eternamente grandioso que luce a diario, y no vi en él ninguna diferencia.
Fue una experiencia singular ese largo trato que cultivé con las judías, entre plantarlas, carpidas, cosecharlas, trillarlas, seleccionarlas y venderlas —lo último era lo más difícil de todo—, podría añadir que comerlas, pues llegué a probarlas. Estaba decidido a conocer las judías. Cuando estaban creciendo, solía carpirlas desde las cinco de la mañana hasta el mediodía, y por lo general pasaba el resto del día en otros asuntos. Considerad la íntima y curiosa relación que uno entabla con varias clases de malas hierbas —bien merece que se repita la historia, pues no poca repetición hubo en la labor—, alterando sus delicadas organizaciones con tanta crueldad y haciendo distinciones tan odiosas con la azada, nivelando hileras enteras de una especie y cultivando con esmero otra. Eso es ambrosía —eso es bledo— eso es acedera —eso es grama— toma con él, pícalo, vuelve sus raíces hacia el sol, no le dejes ni una fibra a la sombra, que si lo haces se dará la vuelta y estará verde como un puerro en dos días. Una larga guerra, no contra las grullas, sino contra las malas hierbas, esos troyanos que tenían de su parte al sol, la lluvia y el rocío. A diario las judías me veían acudir en su auxilio armados con una azada, y diezmando las filas de sus enemigos, rellenando las trincheras con los cadáveres de las malas hierbas. Más de un vigoroso penacho —un Héctor ondeante, que se alzaba un pie entero por encima de sus apretados camaradas— cayó ante mi arma y rodó por el polvo.