Podía subir fácilmente por las paredes de la habitación mediante impulsos breves, como una ardilla, a la que se parecía en sus movimientos. Por fin, un día, mientras estaba apoyado con el codo en el banco, trepó por mi ropa, recorrió mi manga y dio vueltas y más vueltas alrededor del papel que contenía mi almuerzo, mientras yo mantenía este último bien cerrado, esquivándolo y jugando al escondite con él; y cuando por fin sostuve quieto un trozo de queso entre mi pulgar y mi dedo, vino y lo mordisqueó, sentado en mi mano, y después se limpió la cara y las patas, como una mosca, y se alejó.
Un a febe pronto construyó su nido en mi cobertizo, y un mirlo americano, en busca de protección, en un pino que crecía junto a la casa. En junio la perdiz (Tetrao umbellus), que es un ave tan esquiva, guio a su nidada frente a mis ventanas, desde el bosque de la parte trasera hasta el frente de mi casa, cacareando y llamándolos como una gallina, y demostrando en todo su comportamiento ser la gallina de los bosques. Los polluelos se dispersan de repente al acercarse uno, a una señal de la madre, como si un torbellino se los hubiera llevado, y se asemejan tanto a las hojas secas y a las ramitas que más de un viajero ha puesto el pie en medio de una nidada y ha oído el zumbido del ave vieja al echar a volar, y sus llamadas de ansiedad y sus maullidos, o la ha visto arrastrar las alas para atraer su atención, sin sospechar su vecindad. A veces la madre rueda y gira veloz ante uno en un tal deshabille que durante unos instantes no se puede adivinar de qué clase de criatura se trata. Los polluelos se agachan quietos y aplastados, metiendo a menudo la cabeza bajo una hoja, y atienden únicamente a las directrices de su madre dadas desde la distancia, ni su proximidad los hará correr de nuevo y delatarse. Incluso se puede pisar sobre ellos, o tener los ojos fijos en ellos durante un minuto, sin descubrirlos. Los he tenido en la palma de la mano en semejante momento, y aun así su único cuidado, obedientes a su madre y a su instinto, era agacharse allí sin miedo