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Donde viví y para qué viví

Pasemos un día con tanta deliberación como la Naturaleza, y no nos dejemos descarrilar por cada cáscara de nuez y cada ala de mosquito que caiga sobre los raíles.

Levantémonos temprano y ayunemos, o desayunemos, con suavidad y sin turbación; que venga la gente y que se vaya la gente, que suenen las campanas y lloren los niños, decididos a aprovechar el día.

¿Por qué habríamos de rendirnos y dejarnos llevar por la corriente?

No nos turbemos ni nos sintamos abrumados en ese terrible rápido y remolino llamado comida, situado en los bajíos del meridiano.

Capea este peligro y estarás a salvo, pues el resto del camino es cuesta abajo.

Con los nervios templados, con el vigor de la mañana, navega junto a él mirando hacia otro lado, atado al mástil como Ulises.

Si el silbato de la máquina silba, que silbe hasta quedarse roncó de tanto esforzarse.

Si suena la campana, ¿por qué habríamos de correr? Vamos a considerar a qué tipo de música se asemeja.

Instalémonos y trabajemos y clavemos nuestros pies hacia abajo a través del fango y la borra de la opinión, y el prejuicio, y la tradición, y el

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