Creo que amo a la sociedad tanto como la mayoría, y estoy bastante dispuesto a aferrarme como una sanguijuela por un tiempo a cualquier hombre de sangre caliente que se cruce en mi camino. Por naturaleza no soy ningún ermitaño, sino que bien podría superar sentado al más terco parroquiano de taberna, si mi negocio me llamara allí.
Tenía tres sillas en mi casa; una para la soledad, dos para la amistad, tres para la sociedad.
Cuando los visitantes llegaban en mayor número e inesperadamente, no había más que la tercera silla para todos ellos, pero por lo general economizaban espacio quedándose de pie. Es sorprendente cuántos hombres y mujeres ilustres puede contener una casa pequeña. He tenido veinticinco o treinta almas, con sus cuerpos, a la vez bajo mi techo, y sin embargo a menudo nos despedíamos sin ser conscientes de que habíamos estado muy cerca los unos de los otros.
Muchas de nuestras casas, tanto públicas como privadas, con sus apartamentos casi innumerables, sus enormes salones y sus bodegas para el almacenamiento de vinos y otras municiones de paz, parecen extravagantemente grandes para sus habitantes. Son tan vastas y magníficas que estos últimos parecen ser solo alimañas que las infesten.
Me sorprende, cuando el heraldo lanza su toque de llamada ante algún Tremont, Astor o Middlesex House, ver salir arrastrándose por el porche, como único habitante, a un ratón ridículo, que pronto vuelve a escabullirse en algún agujero del pavimento.
Un inconveniente que a veces experimentaba en una casa tan pequeña era la dificultad de alejarme lo suficiente de mi huésped cuando empezábamos a proferir los grandes pensamientos con grandes palabras.