los cucos, que ponen sus huevos en nidos que otros pájaros han construido, y no alegran a viajero alguno con su cháchara y sus notas desmusicadas. ¿Renunciaremos para siempre jamás al placer de la construcción en favor del carpintero? ¿En qué se resume la arquitectura en la experiencia de la masa de los hombres? Jamás en todos mis paseos me he topado con un hombre ocupado en una ocupación tan simple y natural como la de construir su casa. Pertenecemos a la comunidad. No es solo el sastre la novena parte de un hombre; lo es en igual medida el predicador, y el mercader, y el granjero. ¿Dónde ha de terminar esta división del trabajo? ¿Y a qué fin sirve en última instancia? Sin duda, otro puede pensar también por mí; mas no por ello es deseable que lo haga con exclusión de que yo piense por mí mismo.
Es verdad que hay arquitectos llamados así en este país, y he oído hablar de uno al menos que está obsesionado con la idea de que los ornamentos arquitectónicos tengan un núcleo de verdad, una necesidad y, por ende, una belleza, como si se tratara de una revelación para él. Todo muy bien tal vez desde su punto de vista, pero apenas un poco mejor que el diletantismo común. Un reformador sentimental de la arquitectura, empezó por la cornisa, no por los cimientos. Se trataba tan solo de cómo poner un núcleo de verdad dentro de los ornamentos, para que cada dulce, de hecho, tuviera una almendra o una semilla de alcaravea dentro —aunque yo sostengo que las almendras son más saludables sin el azúcar—, y no de cómo el habitante, el morador, podría construir con verdad por dentro y por fuera, y dejar que los ornamentos se cuiden por sí mismos.
¿Qué hombre razonable ha supuesto jamás que los adornos