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Economía

de la manera más enérgica e inconsolable de todas, porque están, según dicen, cumpliendo con su deber. También tengo en mente a esa clase aparentemente rica, pero de todas la más terriblemente empobrecida, que ha acumulado escoria, pero no sabe cómo usarla, ni cómo deshacerse de ella, y de este modo ha forjado sus propias cadenas de oro o de plata.

Si intentara contar cómo he deseado pasar mi vida en años pasados, probablemente sorprendería a aquellos de mis lectores que están algo familiarizados con su historia real; sin duda asombraría a los que no saben nada al respecto. Solo insinuaré algunas de las empresas que he atesorado.

En cualquier clima, a cualquier hora del día o de la noche, me ha afanado aprovechar el momento oportuno y muescar también mi bastón; pararme en el punto de encuentro de dos eternidades, el pasado y el futuro, que es precisamente el presente; pisar esa raya.

Me perdonaréis algunas oscuridades, pues hay más secretos en mi oficio que en el de la mayoría de los hombres, y sin embargo no son guardados voluntariamente, sino que son inseparables de su propia naturaleza. Gustosamente lo contaría todo al respecto, y nunca pondría un cartel de «Prohibida la entrada» en mi puerta.

Hace mucho tiempo perdí un sabueso, un caballo alazán y una tórtola, y todavía sigo su rastro.

Muchos son los viajeros con los que he hablado acerca de ellos, describiendo sus huellas y a qué llamadas respondían. Me he encontrado con uno o dos que habían oído al sabueso, y el trote del caballo, e incluso habían visto a la tórtola desaparecer tras una nube, y parecían tan ansiosos por recuperarlos como si los hubieran perdido ellos mismos.

¡Anticiparse, no meramente al amanecer y a la aurora, sino, de ser posible, a la Naturaleza misma! ¡Cuántas mañanas, de verano y de invierno,

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