al salir de la universidad se me informó que ¡había estudiado navegación! —vaya, si hubiera dado un solo paseo por el puerto habría sabido más al respecto. Incluso el estudiante pobre estudia y se le enseña únicamente economía política, mientras que esa economía del vivir que es sinónimo de filosofía ni siquiera se profesa sinceramente en nuestros colegios universitarios. La consecuencia es que, mientras lee a Adam Smith, Ricardo y Say, endeuda a su padre irremediablemente.
Como con nuestros colegios, ocurre con un centenar de «mejoras modernas»; hay una ilusión en torno a ellas; no siempre suponen un avance positivo. El diablo sigue exigiendo hasta el final un interés compuesto por su participación inicial y las numerosas inversiones sucesivas en ellas. Nuestros inventos suelen ser bonitos juguetes que distraen nuestra atención de las cosas serias. No son más que medios mejorados para un fin no mejorado, un fin al que ya era de por sí demasiado fácil llegar; como los ferrocarriles que llevan a Boston o Nueva York. Tenemos mucha prisa por construir un telégrafo magnético de Maine a Texas; pero Maine y Texas, tal vez, no tengan nada importante que comunicarse. Ambos se encuentran en la misma situación que el hombre que estaba ansioso por que lo presentaran a una distinguida mujer sorda, pero cuando se la presentaron, y le pusieron un extremo de su trompetilla en la mano, no tuvo nada que decir. Como si el objetivo principal fuera hablar rápido y no hablar con sensatez. Estamos deseando tunelar bajo el Atlántico y acercar unas semanas el Viejo Mundo al Nuevo; pero tal vez la primera noticia que se filtre al amplio y flácido oído estadounidense sea que la princesa Adelaida tiene tos ferina. Al fin y al cabo, el hombre cuyo caballo tropeliza una milla en un minuto no lleva los mensajes más importantes; no es un