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Donde viví y para qué viví

Entonces hay en nosotros la menor somnolencia; y durante una hora, al menos, alguna parte de nosotros se despierta, la cual permanece aletargada durante todo el resto del día y de la noche. Poco es de esperar de aquel día, si es que puede llamarse día, al que no nos despierta nuestro Genio, sino los empujones mecánicos de algún criado; al que no nos despierta nuestra propia fuerza recién adquirida y nuestras aspiraciones desde el interior, acompañadas por las ondulaciones de una música celestial, en lugar de las campanas de las fábricas, y una fragancia que llena el aire⁠—hacia una vida más alta que aquella en la que nos dormimos; y así la oscuridad da su fruto y demuestra ser buena, ni más ni menos que la luz.

Aquel hombre que no cree que cada día encierra una hora más temprana, más sagrada y matutina que cuantas hasta entonces ha profanado, ha desterrado la esperanza de la vida y transita por un camino descendente y umbrío.

Tras un cese parcial de su vida sensorial, el alma del hombre, o más bien sus órganos, se reavivan cada día, y su Genio vuelve a intentar la noble vida que es capaz de forjar.

Todos los acontecimientos memorables, diría yo, ocurren por la mañana y en una atmósfera matutina. Los Vedas afirman: «Todas las inteligencias despiertan con el alba».

La poesía y el arte, y las acciones más bellas y memorables de los hombres, se remontan a semejante hora. Todos los poetas y héroes, al igual que Memnón, son hijos de Aurora y emiten su música al salir el sol.

Para aquel cuyo pensamiento elástico y vigoroso marcha al ritmo del sol, el día es una madrugada perpetua. Poco importa lo que digan los relojes o las actitudes y las labores de los hombres. La mañana es el momento en que estoy despierto y hay un alba en mí.

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