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El Pueblo

bochornosa, cuando mis pies sentían el sendero que mis ojos no podían ver, soñador y ausente durante todo el trayecto, hasta que me despertaba el tener que alzar la mano para levantar el picaporte, no he sido capaz de recordar ni un solo paso de mi caminata, y he pensado que quizás mi cuerpo encontraría el camino a casa si su amo lo abandonara, del mismo modo que la mano encuentra el camino a la boca sin ayuda. En varias ocasiones, cuando la visita de algún conocido se prolongaba hasta entrada la noche y esta resultaba ser oscura, me veí obligado a acompañarle hasta el camino de carros en la parte trasera de la casa y señalarle entonces la dirección que debía seguir, en la cual habría de guiarse más por los pies que por los ojos. Una noche muy oscura despedí de este modo a dos jóvenes que habían estado pescando en el estanque. Vivían a una milla de distancia a través del bosque y conocían muy bien el trayecto. Un día o dos después, uno de ellos me contó que habían vagado durante la mayor parte de la noche, muy cerca de su propia casa, y no habían llegado hasta cerca del amanecer, momento para el cual, como entretanto había habido varios fuertes aguaceros y las hojas estaban muy mojadas, se empaparon hasta los huesos. He oído de muchos que se extravían incluso en las calles del pueblo, cuando la oscuridad es tan densa que se puede cortar con un cuchillo, como suele decirse. Algunos que viven en las afueras, habiendo venido al pueblo de compras en sus carros, se han visto obligados a pasar la noche allí; y caballeros y damas que hacían una visita se han desviado media milla de su camino, tanteando la acera solo con los pies y sin saber cuándo doblaban. Es una experiencia sorprendente y memorable, además de valiosa, perderse en el bosque en cualquier momento. A menudo, en una tormenta de nieve, incluso de día, uno sale a un camino bien conocido y, sin embargo, le resulta imposible decir qué dirección lleva al pueblo. Aunque sepa que lo ha transitado mil veces, no logra reconocer en él ningún rasgo, sino que le resulta tan extraña como si fuera una carretera en Siberia. De noche, por supuesto, la perplejidad es infinitamente mayor. En nuestros paseos más triviales, navegamos constantemente, aunque de forma inconsciente,

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