En esta mañana de la Gran Nieve, tal vez, que aún ruge y helaba la sangre de los hombres, escucho el tono apagado de la campana de su locomotora desde el banco de niebla de su aliento helado, lo cual anuncia que los vagones se acercan, sin larga demora, a pesar del veto de una tormenta de nieve del noreste de Nueva Inglaterra, y contemplo a losneveros cubiertos de nieve y escarcha, con las cabezas asomándose por encima de la vertedera que va derribando algo más que margaritas y nidos de ratones de campo, como peñascos de Sierra Nevada, que ocupan un lugar exterior en el universo.
El comercio es insólitamente confiado y sereno, alerta, aventurero e incansable. Es, además, muy natural en sus métodos, mucho más que muchas empresas fantásticas y experimentos sentimentales, y de ahí su singular éxito.
Me siento renovado y ampliado cuando el tren de carga pasa traqueteando a mi lado, y huelo los almacenes que van esparciendo sus olores desde Long Wharf hasta el lago Champlain, recordándome partes extranjeras, arrecifes de coral, océanos indicos, climas tropicales y