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Vecinos brutos

que ganarme la vida y no he comido hoy, podría ir a pescar. Esa es la verdadera industria para los poetas. Es el único oficio que he aprendido. Vamos, vámonos.

Ermitaño. No puedo resistirme. Mi pan moreno pronto se habrá acabado. Iré contigo de buena gana en breve, pero apenas estoy concluyendo una seria meditación. Creo que estoy cerca del final de ella. Déjame solo, pues, por un rato.

Pero para que no nos retrasemos, tú irás cavando la carámbana entretanto. Las lombrices de tierra rara vez se encuentran por estos lugares, donde el suelo nunca fue engordado con estiércol; la raza está casi extinta. El pasatiempo de cavar la carnada es casi igual al de pescar, cuando el apetito de uno no es demasiado agudo; y esto podrás hacerlo todo tú solo hoy.

Te aconsejaría que claves la pala allá abajo, entre los maníes silvestres, donde ves ondear la hierba de San Juan. Pienso que puedo garantizarte una lombriz por cada tres terrones que levantes, si buscas bien entre las raíces de la hierba, como si estuvieras desherbando. O, si decides ir más lejos, no será imprudente, pues he descubierto que el aumento de una buena carnada es muy cercano al de los cuadrados de las distancias.

Ermitaño a solas. Veamos; ¿dónde estaba? Me parece que estaba casi en este estado de ánimo; el mundo se hallaba dispuesto en este ángulo. ¿Iré al cielo o a pescar? Si pronto pusiera fin a esta meditación, ¿sería probable que se presentara otra ocasión tan dulce? Estuve tan cerca de disolverme en la esencia de las cosas como jamás lo he estado en mi vida. Temo que mis pensamientos no vuelvan a mí. Si sirviera de algo, los llamaría silbando. Cuando nos hacen una propuesta, ¿es prudente decir: Lo pensaremos?

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