“Vivía un pastor antaño, y tan altos sus pensamientos como los montes donde sus rebaños pastaban a cada momento.”
¿Qué debemos pensar de la vida del pastor si sus rebaños siempre vagaran por pastos más altos que sus pensamientos?
Cada mañana era una alegre invitación a hacer mi vida de igual simplicidad, y diría que de igual inocencia, con la propia Naturaleza.
He sido un adorador de Aurora tan sincero como los griegos. Me levantaba temprano y me bañaba en el estanque; aquello era un ejercicio religioso, y una de las mejores cosas que hacía.
Dicen que en la tina de baño del rey Tchingthang había grabados caracteres con este significado:
«Renuévate por completo cada día; hazlo una y otra vez, y por siempre jamás».
Puedo comprender eso. La mañana trae de vuelta las edades heroicas.
Me afectaba tanto el débil zumbido de un mosquito que hacía su invisible e inimaginable recorrido por mi apartamento al amanecer, cuando estaba sentado con la puerta y las ventanas abiertas, como podría afectarme cualquier clarín que jamás haya cantado a la gloria.
Era el réquiem de Homero; una Ilíada y una Odisea en el aire, que cantaba su propia cólera y sus propios peregrinajes.
Había algo cósmico en ello; un anuncio perpetuo, hasta nueva orden, de la perenne vigor y fecundidad del mundo.
La mañana, que es la estación más memorable del día, es la hora del despertar.