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Economía

que excluir salvo el sol y la luna, y consiento de buena gana que se asomen. La luna no agria la leche ni corrompe mi carne, ni el sol dañará mis muebles ni descolorará mi alfombra; y si a veces es un amigo demasiado cálido, me parece aún mejor economía retirarme detrás de alguna cortina que la naturaleza ha provisto, que añadir un solo elemento a los detalles de la casa. Una dama me ofreció una vez un felpudo, pero como no me sobraba espacio dentro de la casa, ni tiempo dentro ni fuera para sacudirlo, lo rechacé, prefiriendo limpiarme los pies en el césped ante mi puerta. Lo mejor es evitar los comienzos del mal.

No hace mucho asistí a la subasta de los bienes de un diácono, pues su vida no había sido inútil:⁠—

“El mal que hacen los hombres vive después de ellos.”

Como de costumbre, una gran parte era baratija que había empezado a acumularse en los tiempos de su padre. Entre el resto había una tenia seca. Y ahora, después de yacer medio siglo en su desván y otros escondrijos polvorientos, estas cosas no fueron quemadas; en lugar de una hoguera, o destrucción purificadora de las mismas, hubo una subasta, o multiplicación de las mismas. Los vecinos se congregaron ávidamente para verlas, las compraron todas y las transportaron cuidadosamente a sus desvanes y escondrijos polvorientos, para yacer allí hasta que se liquiden sus haciendas, momento en el que volverán a empezar. Cuando un hombre muere, levanta el polvo.

Las costumbres de algunas naciones salvajes podrían, tal vez, ser imitadas provechosamente por nosotros, pues al menos simulan mudar de piel anualmente; tienen la idea de la cosa, ya sea que tengan la realidad o no. ¿No sería bueno que celebráramos un «busk», o «fiesta de las primicias», como Bartram describe que era costumbre de los indios

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