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Economía

de la raza, a quienes hemos endeidades como mensajeros del cielo, portadores de dones divinos para el hombre, no veo en mi mente ningún séquito tras sus talones, ningún cargamento de muebles a la última. O ¿y si concediera —no sería una concesión singular— que nuestro mobiliario debiera ser más complejo que el del árabe, en proporción a lo que le somos superiores moral e intelectualmente!

En la actualidad nuestras casas están abarratadas y mancilladas de ello, y una buena ama de casa barrería la mayor parte hacia el basurero y no dejaría sin hacer su trabajo matutino.

¡Trabajo matutino! ¡Por los sonrojos de Aurora y la música de Memnon, cuál debería ser el trabajo matutino del hombre en este mundo!

Tenía tres piezas de piedra caliza en mi escritorio, pero me aterrorizó descubrir que exigían ser desempolvadas a diario, cuando el mobiliario de mi mente seguía sin desempolvar en absoluto, y las arrojé por la ventana con disgusto.

¿Cómo, entonces, podría tener una casa amueblada? Preferiría sentarme al aire libre, pues no se acumula polvo en la hierba, a menos que el hombre haya removido la tierra.

Son los lujosos y disipados quienes marcan las modas que el rebaño sigue con tanta diligencia. El viajero que se detiene en las llamadas mejores casas pronto lo descubre, pues los taberneros lo suponen un Sardanápalo, y si se entregara a sus entrañables mercedes, pronto quedaría por completo emasculado. Creo que en el vagón de ferrocarril nos inclinamos a gastar más en lujo que en seguridad y comodidad, y este amenaza con convertirse, sin lograr aquellas cosas, en poco mejor que un salón moderno, con sus divanes, otomanas, sombrillas y un centenar de artículos orientales más que nos llevamos al oeste, inventados para las damas del harén y los nativos afeminados del Imperio Celestial, cuyos nombres a Jonathan le daría vergüenza conocer.

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