En los días de fiesta el pueblo dispara sus grandes cañones, que en estos bosques resuenan como armas de juguete, y algunos jirones de música marcial penetran de vez en cuando hasta aquí.
Para mí, allá en mi campo de judías en el otro extremo del pueblo, los cañones grandes sonaban como si hubiera reventado un hongo loperro; y cuando había un desfile militar del que no tenía noticia, a veces experimentaba todo el día la vaga sensación de cierto picor y dolencia en el horizonte, como si allí fuera a estallar pronto alguna erupción, ya fuera escarlatina o anginas, hasta que al fin alguna ráfaga de viento más favorable, que cruzaba apresurada los campos y subía por el camino de Wayland, me traía noticias de los «milicianos».
Por el zumbido distante parecía que las abejas de alguien se habían enjambrado y que los vecinos, siguiendo el consejo de Virgilio, con un tenue tintineo sobre el más sonoro de sus utensilios domésticos, se esforzaban por hacerlas bajar de nuevo a la colmena.
Y cuando el sonido se apagaba por completo, y el zumbido cesaba, y las brisas más favorables no traían ningún chisme, sabía que habían metido a salvo hasta al último zángano en la colmena de Middlesex, y que ahora sus mentes estaban concentradas en la miel con la que estaba untada.
Me sentí orgulloso al saber que las libertades de Massachusetts y de nuestra patria estaban en tan buenas manos; y al volver a tomar la azada, me inundó una confianza inexpresible y continué mi labor alegremente, con una serena fe en el futuro.
Cuando había varias bandas de músicos, parecía como si todo el pueblo fuera un vasto fuelle y todos los edificios se expandieran y contrajeran alternativamente con gran estrépito. Pero a veces era una melodía verdaderamente noble e inspiradora la que llegaba a estos bosques, y la trompeta que canta a la fama, y sentía como