Me regocija que haya búhos. Que hagan por los hombres los ululatos idiopáticos y maníacos. Es un sonido admirablemente adecuado para los pantanos y los bosques crepusculares que ningún día ilustra, sugiriendo una vasta y subdesarrollada naturaleza que los hombres no han reconocido.
Representan el crepúsculo austero y los pensamientos insatisfechos que todos tienen.
Todo el día el sol ha brillado sobre la superficie de algún pantano salvaje, donde el solitario abeto se alza cubierto de líquenes usnea, y pequeños halcones revolotean arriba, y el carbonero silva entre los perennes, y la perdiz y el conejo se escabullen por debajo; pero ahora amanece un día más sombrío y oportuno, y una raza diferente de criaturas se despierta para expresar allí el significado de la Naturaleza.
Tarde en la noche oí el ronroneo distante de los carros sobre los puentes—un sonido que se oye a mayor distancia que casi cualquier otro por la noche—el ladrido de los perros y, a veces también, el mugido de alguna vaca desconsolada en un corral lejano.
Entre tanto, toda la orilla resonaba con el trompeteo de las ranas toro, los espíritus obstinados de antiguos bebedores de vino y alegres comensales, todavía impenitentes, que intentaban cantar una copla en su lago estigio —si las ninfas de Walden perdonan la comparación, pues aunque casi no hay hierbas, sí hay ranas allí—, y que querían mantener las alegres normas de sus viejas mesas festivas, aunque sus voces se hubieran vuelto roncas y solemnemente graves, burlándose de la alegría, y el vino hubiera perdido su sabor, convirtiéndose tan solo en un líquido para distender sus panzas, y la dulce intoxicación nunca llega a ahogar el recuerdo del pasado, sino mera saturación, anegamiento y distensión.