bosque, con ocasionales vistas a través de las cuales se ve el agua. Se le puede perdonar a mi Musa si en adelante guarda silencio. ¿Cómo podéis esperar que los pajarillos canten cuando sus arboledas han sido taladas?
Ahora los troncos de árboles del fondo, y la vieja canoa de leños, y los oscuros bosques circundantes, han desaparecido, y los aldeanos, que apenas saben dónde yace, en vez de ir al estanque a bañarse o beber, ¡están pensando en traer su agua, que debería ser al menos tan sagrada como el Ganges, a la aldea en una tubería, para lavar sus platos con ella! ¡A ganar su Walden mediante el giro de una llave o la extracción de un tapón! Ese maldito Caballo de Hierro, cuyo relincho desgarrador se oye en todo el pueblo, ha ensuciado el Manantial Hirviente con su pezuña, y es él quien ha ramoneado todos los bosques de la orilla de Walden, ¡ese caballo de Troya, con mil hombres en el vientre, introducido por griegos mercenarios! ¿Dónde está el campeón del país, el moro de Moore Hill, para salir a su encuentro en el Corte Profundo y clavar una lanza vengativa entre las costillas de la hinchada peste?
Sin embargo, de cuantos personajes he conocido, quizá Walden sea el que mejor resiste el paso del tiempo y mejor conserva su pureza. Muchos hombres han sido comparados con él, pero pocos merecen tal honor. Aunque los leñadores han desnudado primero esta orilla y luego aquella, y los irlandeses han construido sus zahúrdas a su vera, y el ferrocarril ha invadido su ribera, y los neveros lo han desnatado una vez, él sigue inalterado, es la misma agua en la que se posaron mis ojos juveniles; todo el cambio se ha producido en mí. No ha adquirido ni una sola arruga permanente tras todas sus ondas. Es perennemente joven, y puedo detenerme a ver cómo una golondrina se sumerge, Aparentemente, para coger un insecto de su superficie como en los viejos tiempos. Me golpeó de nuevo esta noche, como si no lo hubiera visto casi a diario durante más de veinte años—Vaya, aquí está Walden, el mismo lago boscoso que