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Vecinos brutos

que era el origen de un cenagal y de un arroyo, el cual brotaba de bajo la colina de Brister, a media milla de mi campo. Se llegaba a este a través de una sucesión de hondonadas herbosas y descendientes, repletas de pinos pez jóvenes, hacia un bosque más amplio en torno al cenagal. Allí, en un paraje muy apartado y sombrío, bajo un esparcido pino blanco, había todavía un césped limpio y firme sobre el cual sentarse. Había excavado el manantial y hecho un pozo de agua gris y clara, donde podía sacar un balde sin enturbiarlo, y hasta allí iba con este propósito casi todos los días en pleno verano, cuando el estanque estaba más templado. Hasta allí, también, la chocha conducía a su nidada para sondear el fango en busca de gusanos, volando a apenas un pie por encima de ellos ladera abajo, mientras estos corrían en tropel por debajo; pero al fin, al divisarme, ella abandonaba a sus crías y daba vueltas y más vueltas a mi alrededor, cada vez más cerca hasta ponerse a cuatro o cinco pies, fingiendo alas y patas rotas, para atraer mi atención y alejar a sus pequeños, que ya habrían emprendido la marcha, con un pío débil y metálico, en fila india a través del cenagal, según ella les indicaba. O bien oía el pío de los polluelos cuando no podía ver al ave nodriza. Allí también las tórtolas se posaban sobre el manantial, o aleteaban de rama en rama de los suaves pinos blancos sobre mi cabeza; o la ardilla roja, corriendo por la rama más cercana, se mostraba particularmente confiada e inquisitiva. Uno solo necesita sentarse quieto el tiempo suficiente en algún paraje atractivo del bosque para que todos sus habitantes se le muestren a uno por turno.

Fui testigo de acontecimientos de un carácter menos pacífico. Un día, cuando salí a mi leñera, o más bien a mi montón de troncos, observé a dos grandes hormigas —la una roja, la otra mucho más grande, de casi

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