donde pueda «ver a la gente», y recrearse y, según él, resarcirse de la soledad de su día; y de ahí que se pregunte cómo el estudiante puede permanecer sentado solo en la casa toda la noche y la mayor parte del día sin aburrimiento ni «melancolía»; pero no se da cuenta de que el estudiante, aunque esté en la casa, sigue trabajando en su campo y cortando leña en su bosque, como el granjero en los suyos, y a su vez busca la misma recreación y compañía que este último, aunque tal vez en una forma más condensada.
La sociedad suele ser demasiado barata.
Nos reunimos a intervalos muy breves, sin habernos dado tiempo de adquirir ningún valor nuevo el uno para el otro. Nos reunimos a comer tres veces al día y nos damos mutuamente una nueva probada de ese viejo queso mohoso que somos. Hemos tenido que acordar cierto conjunto de reglas, llamadas etiqueta y cortesía, para hacer tolerable este encuentro frecuente y evitar llegar a una guerra abierta.
Nos reunimos en la oficina de correos, en la tertulia y alrededor del hogar cada noche; vivimos apretados y nos estorbamos unos a otros, y tropezamos los unos con los otros, y creo que así perdemos algo de respeto mutuo. Ciertamente, una menor frecuencia bastaría para todas las comunicaciones importantes y sinceras.
Consideren a las muchachas de una fábrica: nunca están solas, casi ni en sus sueños. Sería mejor que hubiera un solo habitante por milla cuadrada, como donde yo vivo. El valor de un hombre no está en su piel, para que debamos tocarlo.
He oído hablar de un hombre perdido en los bosques y muriendo de hambre y agotamiento al pie de un árbol, cuya soledad fue aliviada por las visiones grotescas con las que, debido a la debilidad corporal, su imaginación enfermiza lo rodeó, y que él creía reales.