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Antiguos habitantes y visitantes de invierno

Sobreviví a algunas alegres tormentas de nieve y pasé entrañables tardes de invierno junto a mi chimenea, mientras la nieve giraba furiosa afuera y hasta el ulular del búho enmudecía. Durante muchas semanas no me encontré con nadie en mis caminatas, salvo con aquellos que venían de vez en cuando a cortar leña y transportarla en trineo hasta el pueblo. Los elementos, sin embargo, me ayudaron a abrir un sendero a través de la nieve más profunda del bosque, pues una vez que lo había transitado, el viento soplaba y metía las hojas de roble en mis huellas, donde quedaban retenidas y, al absorber los rayos del sol, derretían la nieve; de modo que no solo formaban un lecho seco para mis pies, sino que por la noche su línea oscura me servía de guía. En cuanto a la compañía humana, me veía obligado a evocar a los antiguos ocupantes de estos bosques. En la memoria de muchos de mis conciudadanos, el camino cerca del cual se alza mi casa resonaba con las risas y las charlas de los habitantes, y los bosques que lo bordean estaban marcados y salpicados aquí y allá por sus pequeños huertos y viviendas, aunque entonces estaba mucho más cercado por la espesura que ahora. En algunos sitios, todavía en mi recuerdo, los pinos rozaban ambos lados de un carruaje al mismo tiempo, y las mujeres y los niños que se veían obligados a transitar solos y a pie por este camino hacia Lincoln lo hacían con miedo y a menudo corrían buena parte del trayecto. Aunque en lo fundamental no era más que una humilde ruta hacia los pueblos vecinos, o para el carro del leñador, en otro tiempo divertía al viajero más que ahora por su variedad y perduraba por más tiempo en su memoria.

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