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Donde viví y para qué viví

La reforma moral es el esfuerzo por sacudirse el sueño. ¿A qué se debe que los hombres den tan pobre cuenta de su día si no han estado dormitando? No son tan malos calculadores. Si no los hubiese vencido la modorra, habrían llevado a cabo algo. Los millones están lo suficientemente despiertos para el trabajo físico; pero solo uno en un millón está lo suficientemente despierto para un esfuerzo intelectual efectivo, solo uno en cien millones para una vida poética o divina. Estar despierto es estar vivo. Jamás he conocido aún a un hombre que estuviera del todo despierto. ¿Cómo habría podido mirarlo a la cara?

Debemos aprender a reavivar y mantenernos despiertos, no mediante ayudas mecánicas, sino mediante una expectativa infinita del alba, que no nos abandona ni en nuestro sueño más profundo.

No conozco hecho más alentador que la in cuestionable capacidad del hombre para elevar su vida mediante un esfuerzo consciente. Es algo ser capaz de pintar un cuadro particular, o de tallar una estatua, y embellecer así unos pocos objetos; pero es mucho más glorioso tallar y pintar la atmósfera misma y el medio a través del cual miramos, lo cual moralmente podemos hacer.

Afectar la calidad del día, esa es la más alta de las artes. Todo hombre tiene la tarea de hacer que su vida, aun en sus detalles, sea digna de la contemplación de su hora más elevada y crítica. Si rechazáramos, o más bien consumiéramos, esa información tan mezquina que recibimos, los oráculos nos indicarían claramente cómo puede lograrse esto.

Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos esenciales de la vida y ver si no podía aprender lo que esta tenía que enseñar, y no descubrir, al llegar la hora de mi muerte, que no había vivido.

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