llegado. La misma cercanía del incendio enfrió nuestro ardor. Al principio pensamos en arrojarle encima un estanque de ranas, pero decidimos dejar que se consumiera, dado lo avanzado y lo inútil que era. Así que nos detuvimos alrededor de nuestra bomba, nos empujamos unos a otros, expresamos nuestros sentimientos a través de bocinas o, en un tono más bajo, aludimos a los grandes incendios de los que ha sido testigo el mundo, incluido el taller de Bascom, y, entre nosotros, pensamos que, de haber llegado a tiempo con nuestra «cuba» y un estanque de ranas al lado, habríamos podido convertir aquel amenazante incendio último y universal en un nuevo diluvio. Finalmente nos retiramos sin hacer ningún daño —regresamos a dormir y a Gondibert—. Pero en cuanto a Gondibert, exceptuaría aquel pasaje del prefacio sobre que el ingenio es la pólvora del alma— «pero la mayor parte de la humanidad es ajena al ingenio, como los indios a la pólvora».
Aconteció que caminé por allí a través de los campos la noche siguiente, a la misma hora, y al oír un gemido bajo en ese lugar, me acerqué en la oscuridad y descubrí al único superviviente de la familia que conozco, el heredero tanto de sus virtudes como de sus vicios, quien era el único interesado en esta quema, tendido boca abajo y mirando por encima del muro del sótano hacia las ascuas aún humeantes de abajo, mascullando para sus adentros, como es su costumbre. Había estado trabajando todo el día muy lejos, en los prados del río, y había aprovechado los primeros momentos que podía llamar suyos para visitar el hogar de sus padres y de su juventud. Contempló el sótano desde todos los lados y puntos de vista por turno, recostándose siempre hacia él, como si hubiera algún tesoro, que recordaba, escondido entre las piedras, donde no había absolutamente nada más que un montón de ladrillos y cenizas. Como la casa había desaparecido, miraba lo que quedaba.