una semana o quincena seguida, sino que allí vivía tan acurrucado como un ratón de campo, o como el ganado y las aves de corral de los que se dice que han sobrevivido durante mucho tiempo sepultados en los ventisqueros, incluso sin comida; o como la familia de aquel primer colono en el pueblo de Sutton, en este Estado, cuya cabaña quedó completamente cubierta por la gran nevada de 1717 cuando él estaba ausente, y un indio la encontró únicamente por el agujero que el aliento de la chimenea abrió en el ventisquero, socorriendo así a la familia. Pero ningún indio amistoso se preocupó por mí; ni falta le hacía, pues el amo de la casa estaba en casa. ¡La gran nevada! ¡Qué alegre resulta oír hablar de ella! Cuando los granjeros no podían llegar a los bosques y pantanos con sus yuntas, y se veían obligados a cortar los árboles de sombra frente a sus casas y, cuando la costra estaba más dura, cortar los árboles de los pantanos a diez pies del suelo, según pareció la primavera siguiente.
En las nieves más profundas, el sendero que utilizaba desde la carretera hasta mi casa, de una media milla de largo, habría podido representarse mediante una línea punteada y sinuosa, con amplios intervalos entre los puntos. Durante una semana de tiempo estable, di exactamente el mismo número de pasos y de la misma longitud, de ida y de vuelta, pisando deliberadamente y con la precisión de un compás sobre mis propias huellas profundas —a tal rutina nos reduce el invierno—, aunque a menudo estas se llenaban con el azul propio del cielo. Pero ningún clima interfería fatalmente con mis paseos, o más bien con mis salidas, pues con frecuencia caminaba ocho o diez millas a través de la nieve más profunda para acudir a una cita con un haya, o un abedul amarillo, o un viejo conocido entre los pinos; cuando el hielo y la nieve hacían que sus ramas se inclinaran y, al afilar sus copas, transformaban los pinos en abetos; vadeando hasta la cima de los cerros más altos cuando la nieve tenía casi