nuestros milagros y revelará otros nuevos. Las cosas que por ahora no se pueden expresar quizás las encontremos expresadas en alguna parte. Estas mismas cuestiones que nos inquietan, intrigan y desconciertan se les han presentado a su vez a todos los sabios; ninguna ha sido omitida; y cada uno las ha respondido, según su capacidad, con sus palabras y su vida. Además, con la sabiduría aprenderemos la generosidad de criterio. El solitario peón de una granja en las afueras de Concord, que ha tenido su segundo nacimiento y su peculiar experiencia religiosa, y que es impulsado, según cree, hacia la grave reserva y la exclusividad por su fe, puede pensar que no es verdad; pero Zoroastro, hace miles de años, recorrió el mismo camino y tuvo la misma experiencia; mas él, al ser sabio, supo que era universal, y trató a sus vecinos en consecuencia, y hasta se dice que inventó y estableció el culto entre los hombres. Que comulgue humildemente con Zoroastro entonces, y a través de la influencia ensanchadora de todos los hombres ilustres, con el propio Jesucristo, y que «nuestra iglesia» se vaya a pique.
Nos jactamos de pertenecer al siglo diecinueve y de dar los pasos más rápidos de cualquier nación. Pero considerad cuán poco hace este pueblo por su propia cultura. No deseo halagar a mis conciudadanos, ni ser halagado por ellos, pues eso no nos hará avanzar a ninguno de los dos. Necesitamos que nos provoquen, que nos aguijoneen como a bueyes, que es lo que somos, para echarnos a trotar.
Tenemos un sistema comparativamente decente de escuelas comunes, escuelas solo para párvulos; pero, a excepción del medio hambriento Lyceum en invierno, y últimamente el endeble comienzo de una biblioteca sugerida por el Estado, ninguna escuela para nosotros mismos. Gastamos más en casi cualquier artículo de alimento o dolencia corporal que en nuestro alimento mental.