El que vino de más lejos a mi cabaña, a través de las nieves más profundas y las más sombrías tempestades, fue un poeta.
Un agricultor, un cazador, un soldado, un reportero, incluso un filósofo, pueden amedrentarse; pero nada puede disuadir a un poeta, pues lo mueve el amor puro. ¿Quién puede predecir sus idas y venidas? Su oficio lo llama a todas horas, aun cuando los médicos duermen.
Hicimos que aquella pequeña casa resonara con bulliciosa alegría y retumbara con el murmullo de muchas conversaciones serias, compensando así al valle de Walden por los largos silencios. Broadway estaba quieta y desierta en comparación. A intervalos adecuados había salvas regulares de risas, que podrían haberse atribuido indistintamente a la última broma pronunciada o a la próxima.
Urdimos más de una teoría de la vida «completamente nueva» sobre un plato ligero de gachas, que combinaba las ventajas de la convivialidad con la lucidez mental que la filosofía exige.
No debo olvidar que durante mi último invierno en el estanque hubo otro visitante