Era un gran consumidor de carne, y solía llevar su almuerzo a su trabajo —a un par de millas más allá de mi casa, pues estuvo cortando leña todo el verano— en un cubo de lata: carnes frías, a menudo marmotas frías, y café en una botella de piedra que pendía de una cuerda atada a su cintura; y a veces me ofrecía un trago. Pasaba temprano, cruzando mi campo de judías, aunque sin la ansiedad o la prisa por llegar al trabajo que muestran los yanquis. No iba a matarse trabajando. No le importaba con tal de ganarse la comida.
Con frecuencia dejaba su cena entre los arbustos, cuando su perro había atrapado una marmota por el camino, y volvía una milla y media para desollarla y dejarla en el sótano de la casa donde se hospedaba, tras deliberar primero durante media hora sobre si no podría hundirla en el estanque sin peligro hasta el anochecer; le encantaba recrearse largamente en estos asuntos. Solía decir, al pasar por la mañana: «¡Qué tupidas están las palomas! Si trabajar todos los días no fuera mi oficio, podría conseguir toda la carne que necesitaría cazando palomas, marmotas, conejos, perdices; ¡caramba! Podría conseguir todo lo que necesitaría para una semana en un solo día».
Era un hábil hachero y se permitía ciertos alardes y adornos en su arte. Cortaba sus árboles al ras y bien cerca del suelo, para que los brotes que surgieran después fueran más vigorosos y un trineo pudiera deslizarse sobre los toccones; y en lugar de dejar un árbol entero para sostener su leña apilada, lo desbastaba hasta convertirlo en una estaca delgada o astilla que al final uno podía romper con la mano.
Me interesaba porque era muy callado y solitario y, al mismo tiempo, muy feliz; un pozo de buen humor y satisfacción que se desbordaba por los ojos. Su alegría era pura. A veces lo veía trabajando en el bosque, derribando árboles, y me saludaba con una risa de indescriptible satisfacción y una salutación en francés canadiense, aunque hablaba inglés igual de bien. Cuando me le acercaba, suspendía su labor y, con