leves destruyeron a Grecia y a Roma, y destruirán a Inglaterra y a América. De toda ebriedad, ¿quién no prefiere intoxicarse con el aire que respira? He descubierto que la objeción más grave a los trabajos rudos y prolongados es que me obligaban a comer y beber también de manera basta. Pero, a decir verdad, me encuentro actualmente algo menos quisquilloso en estos aspectos. Llevo menos religión a la mesa, no pido ninguna bendición; no porque sea más sabio que antes, sino porque, debo confesar, por mucho que sea de lamentar, con los años me he vuelto más basto y despreocupado. Tal vez estas cuestiones solo se contemplan en la juventud, como la mayoría cree de la poesía. Mi práctica no está «en ninguna parte», mi opinión está aquí. No obstante, estoy lejos de considerarme uno de esos privilegiados a los que se refiere el Veda cuando dice que «aquel que tiene fe verdadera en el Ser Supremo Omnipresente puede comer todo lo que existe», es decir, no está obligado a indagar cuál es su alimento o quién lo prepara; y aun en el caso de ellos hay que señalar, como ha observado un comentarista hindú, que el Vedanta limita este privilegio a «el tiempo de necesidad».
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Leyes Superiores
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