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Animales de invierno

y otro me ha contado los pormenores de la cacería en la que participó su tío. Los cazadores fueron antaño una numerosa y alegre cuadrilla por estos lares. Recuerdo muy bien a un Nimrod enjuto que solía arrancar una hoja al borde del camino y tocar con ella una melodía más silvestre y armoniosa, si la memoria no me falla, que la de cualquier cuerno de caza.

A medianoche, cuando había luna, a veces me encontraba en el camino con sabuesos que rondaban por el bosque, los cuales se apartaban sigilosamente de mi paso, como si tuvieran miedo, y se quedaban en silencio entre los arbustos hasta que yo había pasado.

Las ardillas y los ratones silvestres se disputaban mi provisión de nueces.

Había decenas de pinos rodenos alrededor de mi casa, de una a cuatro pulgadas de diámetro, que habían sido roídos por los ratones el invierno anterior —un invierno noruego para ellos, pues la nieve se mantuvo profunda y durante mucho tiempo, y se vieron obligados a mezclar una gran proporción de corteza de pino con su restante dieta—.

Estos árboles estaban vivos y aparentemente lozersos a mediados del verano, y muchos de ellos habían crecido un pie, a pesar de estar completamente descortezados en todo su perímetro; pero después de otro invierno tales árboles estaban muertos sin excepción.

Es notable que a un solo ratón se le permita de este modo un pino entero para su cena, royendo alrededor en vez de hacia arriba y hacia abajo; pero tal vez sea necesario para clarear estos árboles, que suelen crecer densamente.

Las liebres ( Lepus americanus ) eran muy confiadas. Una tuvo su cubil bajo mi casa durante todo el invierno, separada de mí únicamente por el suelo, y me asustaba cada mañana con su apresurada salida cuando yo

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