filósofos o poetas, que se acercan a ella con expectativas. Ella no teme mostrarse ante ellos. El viajero en la pradera es naturalmente un cazador, en las cabeceras del Misuri y del Columbia un trampero, y en los rápidos de San María un pescador. Quien es solo un viajero aprende las cosas de segunda mano y a medias, y es una autoridad pobre. Nos interesa más cuando la ciencia relata lo que esos hombres ya saben práctica o instintivamente, pues solo eso es una verdadera humanidad, o un relato de la experiencia humana.
Se equivocan quienes afirman que el yanqui tiene pocas diversiones porque no tiene tantos días festivos públicos, y los hombres y los niños no practican tantos juegos como en Inglaterra, pues aquí las diversiones más primitivas pero solitarias de la caza, la pesca y similares aún no han cedido su lugar a las primeras.
Casi todos los muchachos de Nueva Inglaterra de entre mis contemporáneos cargaban una escopeta de caza entre los diez y los catorce años; y sus cotos de caza y pesca no estaban limitados, como las reservas de un noble inglés, sino que eran incluso más ilimitados que los de un salvaje.
No es de extrañar, pues, que no se quedara más a menudo a jugar en el prado comunal. Pero ya se está produciendo un cambio, debido no a una mayor humanidad, sino a una creciente escasez de caza, pues tal vez el cazador sea el mayor amigo de los animales cazados, sin excluir a la Sociedad Protectora de Animales.
Además, cuando estaba en el estanque, a veces deseaba añadir pescado a mi dieta para variar. En realidad, he pescado por la misma clase de necesidad que los primeros pescadores. Cualquier sentimiento humanitario que pudiera invocar en contra era totalmente artificial, y concernía más a mi filosofía que a mis sentimientos. Hablo solo de la pesca ahora, pues hacía tiempo que sentía de otro modo respecto a la caza