empezaba a moverme — tum, tum, tum , golpeando con su cabeza las vigas del suelo en su prisa—. Solían acercarse a mi puerta al anochecer para mordisquear las cáscaras de patata que yo había arrojado, y eran tan parecidas al color de la tierra que apenas se las podía distinguir cuando estaban quietas. A veces, en la penumbra, perdía y recuperaba alternativamente de vista a una que permanecía inmóvil bajo mi ventana. Cuando abría la puerta por la noche, salían huyendo con un chirrido y un brinco. De cerca solo inspiraban mi compasión. Una tarde, una se sentó junto a mi puerta a dos pasos de mí, al principio temblando de miedo, pero reacia a moverse; una pobre criatura, flaca y huesuda, con orejas deshilachadas y hocico puntiagudo, rabo escaso y patas delgadas. Parecía como si la Naturaleza ya no albergara la estirpe de sangres más nobles, sino que se sostuviera sobre la punta de los pies. Sus grandes ojos se veían jóvenes y enfermos, casi hidrópicos. Di un paso y, oh, ahí se largó veloz con un salto elástico sobre la costra de nieve, estirando su cuerpo y sus extremidades hasta alcanzar una longitud graciosa, y pronto interpuso el bosque entre ella y yo —la libre y silvestre
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Animales de invierno
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