techo como detrás de una puerta donde me sentaba, incluso en el tiempo más lluvioso. El Harivansa dice: «Una morada sin pájaros es como una carne sin aderezo». Tal no era mi morada, pues me encontré de repente vecino de las aves; no por haber aprisionado a una, sino por haberme enjaulado cerca de ellas. No solo estaba más cerca de algunas de las que frecuentan comúnmente el jardín y el huerto, sino de aquellos cantores del bosque más pequeños y emocionantes que nunca, o en raras ocasiones, le serenan a uno del pueblo —el turpial de los bosques, el zorzalito motas, el tángara escarlata, el gorrión de campo, el whip-poor-will y muchos otros—.
Me hallaba sentado a la orilla de un pequeño estanque, a cosa de milla y media al sur del pueblo de Concord y algo más elevado que este, en medio de un extenso bosque entre dicha población y Lincoln, y a unas dos millas al sur de nuestro único campo conocido por la fama, el campo de batalla de Concord; pero me encontraba tan resguardado en el bosque que la orilla opuesta, a media milla de distancia, cubierta también de árboles como el resto, constituía mi horizonte más lejano. Durante la primera semana, cada vez que miraba hacia el estanque me