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Soledad

Pero en su mayor parte es tan solitario donde vivo como en las praderas. Es tanto Asia o África como Nueva Inglaterra. Tengo, por así decirlo, mi propio sol, mi propia luna y mis propias estrellas, y un pequeño mundo enteramente para mí.

De noche jamás pasaba un viajero por mi casa, ni llamaba a mi puerta, como si fuera yo el primer o el último hombre; a no ser en primavera, cuando a largos intervalos venía alguien del pueblo a pescar anguilas —pescaban a las claras mucho más en el estanque Walden de su propia naturaleza y cebaban sus anzuelos con oscuridad—, pero pronto se retiraban, por lo general con las cestas ligeras, y dejaban «el mundo a la oscuridad y a mí», y el negro meollo de la noche jamás se veía profanado por ninguna vecindad humana.

Creo que los hombres en general todavía le temen un poco a la oscuridad, aunque ya todas las brujas hayan sido ahorcadas y se hayan introducido el cristianismo y las velas.

Sin embargo, experimenté a veces que la compañía más dulce y tierna, la más inocente y alentadora, puede hallarse en cualquier objeto natural, incluso para el pobre misántropo y el hombre más melancólico.

No puede haber una melancolía muy negra para quien vive en medio de la Naturaleza y aún conserva sus sentidos. Jamás ha habido tormenta tal que no fuera música eólica para un oído sano e inocente.

Nada puede obligar verdaderamente a un hombre sencillo y valiente a una tristeza vulgar. Mientras disfrute de la amistad de las estaciones, confío en que nada podrá hacer de la vida una carga para mí.

La suave lluvia que riega mis judías y hoy me mantiene en casa no es triste ni melancólica, sino buena también para mí. Aunque me impide cavarlas, vale mucho más que mi labor. Si continuara tanto tiempo como para hacer que las semillas se pudran en la tierra y

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