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Sonidos

Cuando los demás pájaros callan, las lechuzas tocan su melodía, como las plañideras su antiguo u-lu-lu. Su grito lúgubre es verdaderamente benjonsoniano. ¡Sabias brujas de medianoche! No es el honesto y directo tu-whit tu-who de los poetas, sino, sin bromas, una canción de cementerio de lo más solemne, los mutuos consuelos de amantes suicidas que recuerdan los dolores y las delicias del amor celestial en los bosques infernales. Sin embargo, me encanta escuchar sus lamentos, sus respuestas dolientes, trinadas a lo orilla del bosque; recordándome a veces a la música y a los pájaros cantores; como si fuera la cara oscura y lacrimógena de la música, los pesares y suspiros que quisieran cantarse. Son los espíritus, los espíritus bajos y los melancólicos augurios de almas caídas que una vez, en forma humana, deambularon por la tierra de noche y cometieron obras de las tinieblas, expiando ahora sus pecados con sus himnos plañideros o trenodias en el escenario de sus transgresiones. Me dan un nuevo sentido de la variedad y la capacidad de esa naturaleza que es nuestra morada común. ¡Oh‑o‑o‑o‑o de que nunca hubiera naci‑i‑i‑i‑do! suspira uno a este lado del estanque, y revolotea con la inquietud de la desesperación hacia una

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