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El estanque en invierno

pregonada en nuestras calles. No son verdes como los pinos, ni grises como las piedras, ni azules como el cielo; sino que tienen, a mis ojos, si es posible, colores aún más raros, como flores y piedras preciosas, como si fueran las perlas, los núcleos animalizados o los cristales de las aguas de Walden. Ellos, por supuesto, son Walden de pe a pa; son pequeños Waldens en sí mismos dentro del reino animal, Waldenses. Sorprende que sean pescados aquí —que en este manantial profundo y capacísimo, muy por debajo de los estrepitosos carros y carruajes y de los tintineantes trineos que transitan el camino de Walden, nade este gran pez de oro y esmeralda. Nunca he tenido la suerte de ver a su especie en ningún mercado; allí sería el centro de todas las miradas. Con facilidad, con unos pocos espasmos convulsivos, entregan sus acuáticos fantasmas, como un mortal trasladado antes de tiempo al tenue aire del cielo.

Como deseaba encontrar el fondo perdido por mucho tiempo de la laguna Walden, la medí cuidadosamente, antes de que el hielo se rompiera, a principios del 46, con brújula, cadena y cordel de sondeo. Se han contado muchas historias sobre el fondo, o más bien la falta de fondo, de esta laguna, las cuales ciertamente carecían de fundamento. Es notable el tiempo que los hombres pueden creer en la profundidad insondable de una laguna sin tomarse la molestia de sondearla. He visitado dos de esas Lagunas Sin Fondo en un solo paseo por este vecindario. Muchos han creído que Walden atravesaba por completo hasta el otro lado del globo. Algunos que se han tendido de pecho sobre el hielo durante un buen rato, mirando hacia abajo a través del medio ilusorio, tal vez con los ojos llorosos para colmo, y llevados a conclusiones apresuradas por el miedo a coger un catarro en el pecho, han visto grandes agujeros «en los que se podría meter un carro de heno», si hubiera alguien para conducirlo, la fuente indudable de la Estigia y la entrada a las Regiones Infernales desde estos lares.

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