relato tal como lo enviaría a sus parientes desde una tierra lejana; pues si ha vivido sinceramente, debe de haber sido en una tierra lejana para mí.
Tal vez estas páginas estén dirigidas más en particular a los estudiantes pobres.
En cuanto al resto de mis lectores, aceptarán aquellas porciones que les correspondan.
Confío en que nadie forzará las costuras al ponerse el abrigo, pues puede prestar un buen servicio a aquel a quien le quede bien.
Desearía decir algo, no tanto acerca de los chinos y de los isleños de las Sándwich, como de vosotros que leéis estas páginas, de quienes se dice que vivís en Nueva Inglaterra; algo sobre vuestra condición, especialmente vuestra condición externa o vuestras circunstancias en este mundo, en este pueblo, cómo es, si es necesario que sea tan mala como es, si no puede mejorarse tanto como cualquier otra cosa.
He viajado mucho por Concord; y en todas partes, en las tiendas, en las oficinas y en los campos, los habitantes me han parecido hacer penitencia de mil formas notables. Lo que he oído decir de los bracmanes que se sientan expuestos a cuatro fuegos y mirando de frente al sol; o que cuelgan suspendidos, con la cabeza hacia abajo, sobre las llamas; o que miran a los cielos por encima de sus hombros «hasta que les resulta imposible volver a su postura natural, mientras que debido a la torsión del cuello solo pueden pasar líquidos al estómago»; o que viven, encadenados de por vida, al pie de un árbol; o que miden con sus cuerpos, como orugas, la anchura de vastos imperios; o que se mantienen sobre una pierna en la cúspide de las columnas—incluso estas formas de penitencia consciente son apenas más increíbles y asombrosas que las escenas que presencio a diario.
Los doce trabajos de Hércules fueron insignificantes en comparación