jamás lo hicieron Goffe o Whalley; y aunque se le cree muerto, nadie puede mostrar dónde está enterrado. Una anciana dama también habita en mi vecindario, invisible para la mayoría de las personas, por cuyo jardín de aromáticas hierbas me encanta pasear a veces, recogiendo plantas medicinales y escuchando sus fábulas; pues tiene un genio de fecundidad inigualable, y su memoria se remonta más atrás que la mitología, y puede decirme el origen de cada fábula y en qué hecho se funda cada una, pues los incidentes ocurrieron cuando ella era joven. Una anciana dama rubicunda y vigorosa, que se deleita en todos los climas y estaciones, y es probable que sobreviva aún a todos sus hijos.
La indecible inocencia y beneficencia de la Naturaleza —del sol, del viento y de la lluvia, del verano y del invierno—, ¡cuánta salud, cuánta alegría nos brindan por siempre! Y tal es su simpatía perpetua con nuestra raza, que la Naturaleza entera se conmovería, y el brillo del sol se desvanecería, y los vientos suspirarían humanamente, y las nubes lloverían lágrimas, y los bosques se despojarían de sus hojas y se vestirían de luto en pleno verano, si algún hombre llegara a entristecerse por una causa justa.
¿Acaso no he de entablar comunicación con la tierra? ¿Acaso no soy yo mismo en parte hojas y mantillo vegetal?
¿Cuál es la píldora que nos mantendrá sanos, serenos, contentos? No la de mi bisabuelo ni la del tuyo, sino las medicinas universales, vegetales, botánicas de nuestra bisabuela la Naturaleza, con las que ella se ha mantenido siempre joven, ha sobrevivido a tantos viejos Parr en sus días y ha nutrido su salud con la descompuesta gordura de aquellos. Para mi panacea, en lugar de uno de esos frascos de charlatán con una mezcla sacada del Aqueronte y del Mar Muerto, que salen de esos largos, sombríos y bajos carromatos con aspecto de goleta que a veces vemos hechos para transportar botellas, déjenme tomar un trago de aire matinal sin diluir.