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Economía

conciudadanas se consagran de tantas maneras al bien de sus semejantes, confío en que al menos uno pueda librarse para dedicarse a otras ocupaciones menos

Hay que tener genio para la caridad tanto como para cualquier otra cosa. En cuanto a Hacer el bien, esa es una de las profesiones que están llenas. Además, lo he intentado honradamente y, por extraño que parezca, estoy convencido de que no le sienta bien a mi constitución.

Probablemente no abandonaría consciente y deliberadamente mi vocación particular para hacer el bien que la sociedad me exige, para salvar al universo de la aniquilación; y creo que una firmeza semejante, pero infinitamente mayor, en otras partes es lo único que hoy lo preserva.

Pero no me interpondría entre ningún hombre y su genio; y a aquel que hace esta obra, que yo rechazo, con todo su corazón y su alma y su vida, le diría: Persevera, incluso si el mundo llama a eso hacer el mal, como es muy probable que lo hagan.

Distante estoy de suponer que mi caso sea singular; sin duda muchos de mis lectores harían una defensa semejante. En hacer algo —no me comprometeré a que mis vecinos declaren que es bueno— no dudo en decir que yo sería un excelente sujeto para contratar; pero qué sea eso, le corresponde descubrirlo a mi empleador. El bien que hago, en el sentido común de esa palabra, debe ser tangencial a mi camino principal y, en su mayor parte, totalmente involuntario.

Los hombres dicen, en la práctica, Empieza donde estás y tal como eres, sin proponerte principalmente llegar a ser de más valor, y con bondad premeditada disponte a hacer el bien. Si tuviera que predicar de algún modo en este tono, diría más bien, Dispónete a ser bueno. Como si el sol se detuviera cuando ha avivado sus fuegos hasta alcanzar

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