La orilla es lo suficientemente irregular como para no ser monótona. Tengo presente en mi memoria la occidental, recortada por bahías profundas; la más audaz norteña, y la bellamente festoneada orilla meridional, donde sucesivos cabos se superponen unos a otros y sugieren calas inexploradas entre ellos.
El bosque nunca tiene un marco tan bueno, ni es tan claramente hermoso, como cuando se contempla desde el medio de un pequeño lago en medio de colinas que se levantan desde la misma orilla del agua; pues el agua en la que se refleja no solo constituye el mejor primer plano en tal caso, sino que, con su orilla sinuosa, le confiere el límite más natural y agradable.
No hay allí tosquedad ni imperfección en su linde, como donde el hacha ha despejado una parte, o un campo cultivado colinda con él. Los árboles tienen amplio espacio para extenderse hacia el lado del agua, y cada uno proyecta su rama más vigorosa en esa dirección. Allí la Naturaleza ha tejido un vivo borde natural, y la mirada asciende mediante justas gradaciones desde los arbustos bajos de la orilla hasta los árboles más altos.
Apenas se divisan rastros de la mano del hombre. El agua baña la orilla tal como lo hacía hace mil años.
Un lago es el elemento más bello y expresivo del paisaje.
Es el ojo de la tierra; al mirarlo, el observador mide la profundidad de su propia naturaleza. Los árboles fluviales junto a la orilla son las esbeltas pestañas que lo enmarcan, y las colinas arboladas y los acantilados que lo rodean son sus cejas prominentes.
De pie sobre la suave playa de arena en el extremo este del estanque, en una apacible tarde de septiembre, cuando una ligera neblina desdibuja la orilla opuesta, he comprendido de dónde viene la expresión «la superficie vidriosa de un lago».