ramas de pino que había cortado, y a mi pan se le contagiaba algo de su fragancia, pues mis manos estaban cubiertas de una gruesa capa de resina. Antes de terminar, me convertí más en amigo que en enemigo del pino, aunque había cortado algunos de ellos, al haber llegado a conocerlo mejor. A veces, algún caminante por el bosque se veía atraído por el sonido de mi hacha, y conversábamos amablemente sobre las virutas que yo había hecho.
Para mediados de abril —pues no me daba prisa en el trabajo, sino que más bien lo prolongaba todo lo posible—, mi casa estuvo armada y lista para el levantaminto. Ya le había comprado a James Collins, un irlandés que trabajaba en el Ferrocarril de Fitchburg, su choza para aprovechar las tablas.
La choza de James Collins era considerada inusualmente hermosa. Cuando fui a visitarlo, no estaba en casa.
Caminé por los alrrededores, al principio sin ser visto desde adentro, ya que la ventana era muy honda y alta. Era de dimensiones pequeñas, con un tejado puntiagudo de cabaña, y no había mucho más que ver, pues la tierra estaba elevada metro y medio en todo su derredor como si se tratara de un montón de abono.
El techo era la parte más sólida, aunque bastante combado y quebradizo por el sol. Umbral de puerta no había ninguno, sino un pasaje perpetuo para las gallinas por debajo del listón de la puerta.
La Sra. C. vino a la puerta y me pidió que lo viera desde adentro. Las gallinas entraron arrebatadas por mi acercamiento. Estaba oscuro y tenía un piso de tierra en su mayor parte, húmedo, pegajoso y palúdico, con apenas una tabla aquí y otra allá que no soportarían ser removidas. Encendió una lámpara para mostrarme el interior del techo y las paredes, y también que el piso