En una cierta estación de nuestra vida estamos acostumbrados a considerar cada rincón como el posible emplazamiento de una casa. Así he recorrido la comarca en todas direcciones en un radio de una docena de millas de donde vivo. En mi imaginación he comprado todas las granjas una tras otra, pues todas estaban a la venta y yo conocía su precio. Caminé por las tierras de cada granjero, probé sus manzanas silvestres, hablé de agricultura con él, acepté su granja a su precio, a cualquier precio, hipotecándosela en mi mente; incluso le puse un precio más alto—lo tomé todo excepto las escrituras—, acepté su palabra en lugar de su título de propiedad, porque me encanta hablar—la cultivé, y a él también hasta cierto punto, confío, y me retiré cuando hube disfrutado lo suficiente, dejándole a él que continuara con ella. Esta experiencia me valió ser considerado por mis amigos como una especie de corredor de bienes raíces.
Dondequiera que me sentaba, allí podía vivir, y el paisaje irradiaba de mí en consecuencia. ¿Qué es una casa sino una sedes, un asiento?, mejor aún si es una casa de campo. Descubrí muchos emplazamientos para una casa que no corrían el riesgo de ser mejorados pronto, que algunos habrían juzgado demasiado lejanos del pueblo, pero a mis ojos el pueblo estaba demasiado lejos de ellos. Bien, allí podía vivir, me dije; y allí viví, durante una hora, una vida de verano y de invierno; vi cómo podía dejar correr los años, batallar contra el invierno y ver llegar la primavera.
Los futuros habitantes de esta región, dondequiera que sitúen sus casas, pueden estar seguros de que se les han adelantado. Bastó una tarde para dividir la tierra en huerto, bosque y pastizal, y para decidir qué hermosos robles o pinos debían dejarse en pie frente a la puerta, y desde dónde se contemplaría con mayor provecho cada árbol fulminado; y entonces la