bienestar, y no nuestra enfermedad, y cuidar que esta no se propague por contagio.
¿De qué llanuras meridionales surge la voz del llanto? ¿Bajo qué latitudes residen los paganos a los que querríamos enviar luz? ¿Quién es ese hombre desatinado y brutal a quien querríamos redimir? Si a un hombre le aqueja algo, de modo que no cumple con sus funciones, si tiene incluso un dolor en las entrañas —pues ese es el asiento de la compasión—, de inmediato se pone a reformar... el mundo. Siendo él mismo un microcosmos, descubre —y es un verdadero descubrimiento, y él es el hombre indicado para hacerlo— que el mundo ha estado comiendo manzanas verdes; a sus ojos, de hecho, el globo terráqueo mismo es una gran manzana verde, que existe el peligro, terrible de pensar, de que los hijos de los hombres muerdan antes de que esté madura; y enseguida su filantropía drástica busca al esquimal y al patagón, y abraza a las pobladas aldeas indias y chinas; y así, mediante unos pocos años de actividad filantrópica, utilizándolo entretanto los poderes para sus propios fines, sin duda, él se cura de su dispepsia, el globo adquiere un leve rubor en una o ambas mejillas, como si empezara a madurar, y la vida pierde su crudeza y vuelve a ser dulce y saludable de vivir.
Jamás soñé con ninguna enormidad mayor que la que he cometido. Nunca conocí, ni conoceré jamás, a un hombre peor que yo mismo.
Creo que lo que tanto entristece al reformador no es su simpatía por sus semejantes en la indigencia, sino, aunque sea el más santo hijo de Dios, su propia dolencia. Que esto se remedie, que la primavera llegue a él, que la mañana se levante sobre su lecho, y abandonará a sus generosos compañeros sin pedir disculpas. Mi excusa para no dar conferencias en contra