en la bodega. ¿Qué tal si se armara un alboroto igual por los ornamentos de estilo en la literatura, y los arquitectos de nuestras biblias dedicaran tanto tiempo a sus cornisas como lo hacen los arquitectos de nuestras iglesias? Así se hacen las bellas letras y las bellas artes y sus profesores.
Mucho le importa a un hombre, a fe mía, cómo se inclinan unos cuantos palos sobre él o bajo él, y de qué colores se embarra su caja.
Algo significaría si, en algún sentido serio, él los inclinara y la embarrara; pero, habiendo partido el espíritu del inquilino, viene a ser lo mismo que construir su propio ataúd —la arquitectura de la tumba—, y «carpintero» no es sino otro nombre para «fabricante de ataúdes».
Dice un hombre, en su desesperación o indiferencia hacia la vida, toma un puñado de la tierra a tus pies y pinta tu casa de ese color. ¿Está pensando en su última y estrecha morada? Tanto da que te juegues el color a cara o cruz.
¡Qué abundancia de tiempo libre debe de tener! ¿Por qué tomas un puñado de lodo? Mejor pinta tu casa de tu propio cutis; deja que palidezca o se sonroje por ti.
¡Una empresa para mejorar el estilo de la arquitectura de las chozas! Cuando tengáis listos mis adornos, me los pondré.
Antes del invierno construí una chimenea y revestí con tejuelas los lados de mi casa, que ya eran impermeables a la lluvia; eran tejuelas imperfectas y llenas de savia, hechas de la primera rodaja del tronco, cuyos cantos tuve que enderezar con el cepillo.
Tengo así una casa bien tejada y enlucida, de diez pies de ancho por quince de largo, con postes de ocho pies, desván y alacena, una ventana grande a cada lado, dos trampillas, una puerta en el extremo y una chimenea de