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El campo de judías

estos cielos, y sus pequeños aperitivos de guerra y caza salieron a la luz de este día moderno. Yacían mezclados con otras piedras naturales, algunas de las cuales llevaban las marcas de haber sido quemadas por fuegos indios, y otras por el sol, así y todo trozos de cerámica y vidrio traídos aquí por los recientes cultivadores de la tierra. Cuando mi azada repiqueteaba contra las piedras, esa música resonaba hacia los bosques y el cielo, y era un acompañamiento para mi labor que producía una cosecha inmediata e immeasurable. Ya no eran judías lo que azadaba, ni yo quien azadaba judías; y recordaba con tanta compasión como orgullo, si es que lo recordaba, a mis conocidos que habían ido a la ciudad para asistir a los oratorios. El chotacabras circundaba por encima en las tardes soleadas⁠—pues a veces pasaba allí el día entero⁠—como una mota en el ojo, o en el ojo del cielo, cayendo de vez en cuando con un picado y un sonido como si los cielos se rasgaran, desgarrados al fin en andrajos y jirones, y sin embargo una bóveda sin costuras permanecía; pequeños diablillos que llenan el aire y ponen sus huevos en el suelo sobre arena desnuda o rocas en las cimas de las colinas, donde pocos los han encontrado; gráciles y esbeltos como ondas atrapadas en el estanque, como hojas levantadas por el viento para flotar en los cielos; semejante parentesco hay en la naturaleza. El halcón es hermano aéreo de la ola sobre la cual planea e inspecciona, respondiendo esas sus perfectas alas infladas por el aire a las elementales plumas sin plumar del mar. O a veces observaba a un par de gavilanes circundando alto en el cielo, alternativamente remontándose y descendiendo, acercándose y alejándose el uno del otro, como si fueran la encarnación de mis propios pensamientos. O me atraía el paso de palomas silvestres de este bosque a aquel, con un leve y tembloroso sonido de abaneo y prisa de mensajera; o de debajo de un tocón podrido mi azada sacaba a relucir una lenta, ominosa y estrafalaria salamandra moteada, un rastro de Egipto y del Nilo, mas nuestra contemporánea. Cuando hacía una pausa para apoyarme en mi azada, estos sonidos y visiones los escuchaba y veía en cualquier parte de la hilera, parte del entretenimiento inagotable que el campo ofrece.

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