ninguna cuña fina y derrotarla en detalle;—creyendo que deben lidiar con ella toscamente, como uno debe tratar a un cardo. Pero luchan en una desventaja abrumadora—viviendo, John Field, ¡ay!, sin aritmética, y fracasando por ello.
—¿Pescaras alguna vez? —le pregunté—. Ah, sí, de vez en cuando cojo una buena cantidad cuando estoy descansando; buenas percas cojo. —¿Cuál es tu carnada? —Cojo sardinatas con lombrices de tierra y con esoebo las percas. —Sería mejor que fueras ahora, John —dijo su esposa, con el rostro brillante y esperanzado; pero John se resistió.
El chubasco había cesado, y un arco iris sobre los bosques orientales prometía una tarde apacible; así que me marché.
Una vez afuera, pedí de beber, con la esperanza de ver el fondo del pozo para completar mi inspección del lugar; pero ¡ay!, allí hay aguas someras y arenas movedizas, y además la soga rota, y el cubo irreuperable.
Mientras tanto, se eligió el recipiente de cocina adecuado, el agua pareció destilarse y, tras consulta y larga espera, se le entregó al sediento —aún sin dejar que se enfriara, aún sin dejar que se asentara—. Semejante gachas sostienen la vida aquí, pensé; así que, cerrando los ojos y apartando las motas con una corriente submarina hábilmente dirigida, bebí a la salud de la auténtica hospitalidad el trago más caluroso que pude.
No soy remilgado en tales casos cuando de modales se trata.
Al retirarme del techo del irlandés después de la lluvia, encaminando de nuevo mis pasos hacia el estanque, mi prisa por pescar lucios, vadeando en prados solitarios, en cenagales y pozos turbosos, en parajes desolados y salvajes, me pareció por un instante trivial a mí, que había sido enviado a la escuela y a la universidad; pero mientras corría colina abajo hacia el occidente enrojecido, con el arco iris sobre mi hombro, y unos tenues sonidos de campanillas que llegaban a mis oídos a través del aire