siempre estudiará los clásicos, en cualquier lengua en que estén escritos y por muy antiguos que sean. Pues, ¿qué son los clásicos sino los pensamientos más nobles registrados por el hombre? Son los únicos oráculos que no se han corrompido, y hay en ellos respuestas para las indagaciones más modernas como jamás las dieron Delfos y Dodona. Bien podríamos dejar de estudiar la Naturaleza porque es vieja.
Leer bien, esto es, leer libros verdaderos con un espíritu verdadero, es un ejercicio noble, y uno que exigirá al lector más que cualquier ejercicio que las costumbres de la época estiman.
Requiere un entrenamiento tal como el que los atletas sufrían, la intención firme casi de toda la vida hacia este objeto. Los libros deben leerse con tanta deliberación y reserva como fueron escritos.
No basta siquiera con ser capaz de hablar el idioma de aquella nación por la cual están escritos, pues hay un intervalo memorable entre el lenguaje hablado y el escrito, el lenguaje escuchado y el lenguaje leído.
- El primero es comúnmente transitorio, un sonido, una lengua, un dialecto meramente, casi brutales, y lo aprendemos inconscientemente, como las bestias, de nuestras madres.
- El segundo es la madurez y la experiencia de aquel; si ese es nuestra lengua materna, este es nuestra lengua paterna, una expresión reservada y selecta, demasiado significativa para ser escuchada por el oído, que debemos nacer de nuevo para poder hablar.
Las multitudes de hombres que simplemente hablaban las lenguas griega y latina en la Edad Media no tenían derecho por accidente de nacimiento