reflejaba los brillantes tonos de octubre, sino los sombríos colores novembrinos de las colinas circundantes. Aunque lo crucé con la mayor suavidad posible, las ligeras ondulaciones producidas por mi barca se extendieron casi hasta donde alcanzaba mi vista y dieron un aspecto estriado a los reflejos. Pero, mientras miraba la superficie, vi aquí y allá a lo lejos un débil destello, como si algunos insectos zapateros que hubieran escapado a las heladas estuvieran congregados allí, o, tal vez, la superficie, al ser tan lisa, delataba el lugar donde brotaba un manantial desde el fondo. Remando con suavidad hacia uno de estos lugares, me sorprendió encontrarme rodeado por miríadas de pequeñas percas, de unas cinco pulgadas de largo, de un rico color bronce en el agua verde, retozando allí y subiendo constantemente a la superficie para rizarla, dejando a veces burbujas en ella. En un agua tan transparente y aparentemente sin fondo, que reflejaba las nubes, me parecía estar flotando en el aire como en un globo, y su natación me dio la impresión de una especie de vuelo o cernido, como si fueran una bandada compacta de aves que pasara justo por debajo de mi nivel a derecha e izquierda, con sus aletas, como velas, desplegadas a su alrededor. Había muchos cardúmenes de este tipo en el estanque, que al parecer aprovechaban la corta estación antes de que el invierno echara una persiana de helada sobre su amplia claraboya, dando a veces a la superficie el aspecto de que una ligera brisa la golpeaba o de que caían unas pocas gotas de lluvia. Cuando me acerqué sin cuidado y las alarmé, dieron un repentino chapoteo y agitación con sus colas, como si alguien hubiera golpeado el agua con una rama tupida, y se refugiaron instantáneamente en las profundidades. Al fin se levantó el viento, aumentó la niebla y las olas comenzaron a formarse, y las percas saltaron mucho más alto que antes, medio fuera del
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Los estanques
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