globo con la velocidad de los pájaros, de un modo capaz de matar a los viejos, según reza la frase.
La edad no está mejor cualificada que la juventud para ser instructora —a duras penas lo está tanto—, pues no ha aprovechado tanto como ha perdido. Uno casi puede dudar de que el hombre más sabio haya aprendido algo de valor absoluto por el hecho de vivir.
En la práctica, los ancianos no tienen consejos muy importantes que dar a los jóvenes; su propia experiencia ha sido tan parcial, y sus vidas han sido fracasos tan miserables, por razones privadas, según deben creer; y puede que les quede algo de fe que desmienta esa experiencia, y es que solo son menos jóvenes de lo que solían ser.
He vivido unos treinta años en este planeta, y todavía no he escuchado la primera sílaba de un consejo valioso, ni siquiera sincero, por parte de mis